Bombones, chocolates, chupetines, caramelos, marshmallows… ¡Ah, cómo son deliciosos! ¿Quién no queda fascinado al entrar en una tienda de dulces y ver una gran variedad de sabores, formas y colores? Cuando era niño, amaba todo tipo de dulces. Si hubiera podido, hubiera comido todos los días. Pero mi mamá, muy sensata, no me permitía que me alimentase de esas golosinas, principalmente porque me sacarían el apetito antes de las comidas. Cuando insistía y comía a escondidas, ella siempre me descubría. Era muy perseverante, no cedía y continuaba dándome alimentos saludables y haciéndome comer por más que le decía que no tenía hambre a la hora de comer.

Ella tenía razón. Alimentarse de una forma inadecuada puede modificar el paladar de la persona. El individuo se adapta tanto a determinados gustos, en este caso a lo dulce, que su paladar puede comenzar a rechazar alimentos que no posean el mismo sabor. El paladar empieza a considerar otros sabores que no son tan agradables como los que está acostumbrado. Por supuesto, eso también puede ser un factor psicológico. Además esa alimentación no suministra al cuerpo los nutrientes suficientes para que haya una salud adecuada y equilibrada. Nadie puede vivir sólo de hidratos de carbono. Para el buen funcionamiento del metabolismo necesitamos de hidratos de carbono, proteínas, lípidos, vitaminas y minerales que son extremadamente necesarios para el buen funcionamiento del metabolismo. De lo contrario, el resultado será un sistema inmunológico deficiente y la consecuencia será contraer enfermedades

En el ámbito espiritual también podemos experimentar una situación parecida. El mundo en el cual vivimos hoy puede ser comparado con una increíble tienda de dulces, hasta una fantástica fábrica de chocolates, como la del señor Willy Wonka. Nosotros estamos adentro de esa enrome y aparente fantástica fabrica, siendo convidados a probar todos sus “maravillosos” y diversos dulces. Sin embargo, comerlos nos quitará el apetito por la palabra de Dios por tener una sensación de “estar saciados”, y la consecuencia será que nos quedaremos enfermos espiritualmente. El Señor como un padre que nos cuida, viene a orientarnos a no comerlos y a alimentarnos de Él. Y por más que insistamos y comamos a escondidas, el Señor sabe. Él es mucho más que una madre inteligente. El ve todo (Proverbios 15:3, Jeremías 23:24). Y por amarnos, Él continua insistiendo para que comamos comida saludable, aquella que nos da vida.

“Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.”

-Juan 6:33

La Biblia nos muestra la historia de un joven llamado Daniel y sus tres amigos: Hananias, Misael y Azarias. En la época de Daniel no existían dulces atractivos, pero existía el manjar del rey de Babilonia. Sin embargo, Daniel decidió firmemente no contaminarse con aquello. “Se propuso Daniel en su corazón no contaminarse con los manjares del rey ni con el vino que él bebía” (Daniel 1:8). Daniel y sus amigos sabían que para que se vuelvan jóvenes saludables era necesario seguir otra dieta. “Al cabo de los diez días su aspecto era saludable y estaban más sonrosado que todos los jóvenes que habían estado comiendo los manjares del rey.” (v.15). Joven, ¿qué dieta estás siguiendo?

Alimentarnos de lo que hay en el mundo nos saca el hambre de Dios, hace que nuestro vivir espiritual se enferme, que baje nuestra inmunidad, es decir, nuestra conciencia se cauteriza. Y lo peor es que podemos empezar a creer que comer de las cosas de Dios no es tan bueno, porque nuestro paladar, nuestra alma está acostumbrada a otras comidas, estamos tan llenos que no tenemos más placer en Dios. Necesitamos percibir que la comida ofrecida en esta aparente fantástica fábrica de chocolate que es el mundo, no posee substancias necesaria para que seamos jóvenes saludables. Nuestra dieta, así como la de Daniel y de sus amigos debe  ser otra.

Pero, ¿cómo logramos seguir una dieta espiritual saludable? Estas son algunas maneras: Leyendo la biblia y tomándola en oración, leyendo libros espirituales, escuchando himnos de adoración al Señor y yendo a las reuniones (cultos) de la iglesia, donde recibimos el auxilio de nuestros tutores y curadores, nuestros pastores y maestros. Sin embargo, no es suficiente hacer esto sólo los finales de semana. Las comidas espirituales necesitan ser diarias, así como las físicas. Necesitamos alimentarnos todos los días y no solamente una vez al día. “Sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en su ley medita de día y de noche.” (Salmos 1:2)

Las comidas no pueden ser ingeridas de cualquier manera. Quien mastica los alimentos muy rápido, por ejemplo, no logra absorber todos los nutrientes que tienen los alimentos. Eso ocurre porque la ruptura de las partículas no es hecha de forma adecuada para que las enzimas salivales puedan actuar de forma efectiva. Cuanto mayor es la superficie de contacto con los alimentos mayor es la acción de las enzimas, y esa superficie de contacto se obtiene a través de romper los alimentos en pedazos pequeños durante el proceso de masticación. Prestar atención en lo que se está comiendo también es otro factor importante porque hace que el cerebro estimule el proceso bioquímico de la masticación y de la digestión. La mejor manera para realizar una comida es sin prisa, prestando atención en lo que se está comiendo y masticando cada porción varias veces al fin de absorber un mayor número de nutrientes.

Joven, separa un tiempo para alimentarte de Dios. No tengas prisa, disfruta la palabra, extrae de ella lo máximo de nutrientes posibles. De esa manera serás un joven saludable espiritualmente, con un sistema inmunológico fuerte. Tu conciencia estará sensible al hablar de Dios y tu alma se agradará mucho más en Él que en las cosas del mundo. El mundo puede hacer que te sientas “lleno”, pero sólo Dios puede darte la completa satisfacción. “Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed.” (Juan 6:35). Dile no al señor Wonka y sus encantadores dulces. Dile NO al gobernador de este siglo. ¡Este es el momento de decidir firmemente!

Traducción del artículo “A fantástica fábrica de chocolate” (Blog Eu vos Escrevi).

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