Simplemente no vienen a mi boca. El sentimiento está ahí, es vivo, real y toca profundamente nuestro corazón, aún así no encontramos la manera de expresarlo. ¿Ya te ha ocurrido mientras orabas? Saber lidiar con este tipo de experiencias ciertamente nos guardará de más angustias y ansiedad. Entonces, vamos a descubrir porqué el Señor permite ese tipo de situaciones y cuál puede ser nuestra reacción. 

Un importante principio de la oración

Una vez conocí un hermano joven, al cual lo llamaremos de Pedro, experto en oratoria; se había  perfeccionado con varios cursos algunos años atrás y adquirió algo de experiencia. Era de esperarse que utilizara todo su potencial en las oraciones ya que estaba hablando con Dios mismo. ¡Qué engaño! Pedro se valía de frases simples, preocupándose más en descargar el encargo que Dios le dio y no de hablar apenas un montón de palabras. En aquel momento, percibí un importante principio de la oración: Dios habla junto con el hombre, o por medio de él durante la oración.
¿Viste cuando estás escuchando una predica y sientes que el señor te está hablando? Pues sí, de la misma manera que Dios uso el predicador para expresar Sus sentimientos, Él puede y quiere usarnos para tocar en nuestras palabras de oración.

Sentimos que Dios verdaderamente se expresó en aquella oración cuando Su hablar se mezcla al nuestro de tal manera que es imposible separarlos.

¡Esto es tan elevado y al mismo tiempo tan accesible y presente en nuestra experiencia! Ahora que sabemos que la oración no depende de nuestras palabras y esfuerzo propio, ¿vamos avanzar un poco más?

Pero, cual es su propósito con todo eso?

A medida de que los años pasan, corremos el riesgo de acostumbrarnos con oraciones listas, casi que memorizadas: “Señor, lávame con tu sangre, bendice mi día, y el de mi familia. Amén”. O también “Señor, tu sabes de todas las cosas” -hasta escuché “Señor, lava mi día y bendice mis pecados” ¡en serio!-. Estas primeras oraciones pueden ser muy eficaces, desde que sean dichas de espíritu y corazón sincero. Pero, si son palabras apenas “de la boca para afuera”, necesitan peso y encargo. El Señor Jesús nos entiende cuando pasamos por situaciones difíciles pues Él conoce totalmente nuestro corazón (Sl 139), pero eso no quiere decir que aceptará meras palabras lanzadas al viento. Por el contrario, Él ama la sinceridad (Hb 10:22, 1 Cr 29:17), quiere que seamos sinceros y abandonemos la uniformidad en la oración. ¿Quieres un ejemplo? Ve en el Salmo 107, la historia del pueblo de Israel en el desierto:
“Hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos.
Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones.
[…]Por eso quebrantó con el trabajo sus corazones; cayeron, y no hubo quién los ayudase.
Luego que clamaron a Jehová en su angustia, los libró de sus aflicciones”.
Salmos 107:5-6, 12-13
Aquí no hay una oración pronta, sino que vemos personas con el alma desfallecida y el corazón abatido. Entonces, en su angustia, clamaron al Señor y ¡Él los libró! Es como si dijeran: “¡Oh, Señor! Nos has acompañado día y noche por este desierto, no hay nada cubierto delante de Ti, ni siquiera nuestra hambre, sed y aflicción. No hay otro a quien podamos recurrir. Sólo Tú puedes salvarnos”. De hecho, Dios sabía todos, incluyendo que los israelitas se olvidaban fácilmente de Él (Sl106:21-22) y que, a pesar de honrarlo con la boca, sus corazones estaban lejos de Él (Is 29:13). Así, el Señor permitió que las palabras escaparan de los labios del pueblo de Israel y  sólo quedó el clamor sincero de sus corazones.

 

El milagro de Dios: cuando somos débiles, el intercede por nosotros.

La situación de arriba ocurrió en el antiguo testamento, cuando no tenían el Espíritu dentro de sí. Hoy nosotros tenemos el Espíritu de Dios mezclado en nuestro espíritu (1 Co 6:17) y eso hace una diferencia fundamental.

“ Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues que hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”

RM 8:26

 

¡Qué versículo animador y libertador! La sabiduría del Señor es maravillosa, ¿verdad? Cuando pensamos que estamos tan débiles a punto de no poder ni hablar, el Espíritu viene y nos ayuda, nos auxilia. Amados, si nosotros no podemos expresarnos, Él puede, pues nos conoce enteramente. Sí, a pesar de no saber orar como conviene, debemos permanecer en oración. Cuando no sabemos qué decir el Espíritu intercede por nosotros. Sin embargo, eso ocurre si permanecemos en oración. Veamos un ejemplo más.

 

“y se apartaron de allí los varones, y fueron hacia Sodoma, pero Abraham estaba aun delante de Jehová”.

GN 18:22

En este capítulo de Génesis, Dios revela a Abraham que destruiría las ciudades de Sodoma y Gomorra, ya que estaban en una situación muy pecaminosa. Entonces Abraham, después de recibir la  noticia, decidió permanecer en la presencia del Señor para interceder por los justos que había en aquellas ciudades, específicamente por su sobrino Lot. Esta decisión permitió que Lot y su familia fuesen salvos (Gn 19:15). La decisión de permanecer en la presencia de Dios fue fundamental para que la oración de Abraham tuviese tanto peso.
Hoy, no es diferente con nosotros. Tal vez pensemos que sea imposible expresar en oración aquello que estamos sintiendo, pero, ¿cuánto tiempo quedamos en la presencia del Señor? ¿Un minuto? ¿Tal vez cinco? Estoy seguro de que la conversación de Abraham con el Señor duró mucho más que cinco minutos.
Cuando aceptamos el hecho de que somos débiles y permanecemos en Su presencia, el Espíritu viene a socorrernos e intercede por nosotros con gemidos indecibles.
No es una solución parcial. No. Él hace el trabajo por nosotros de manera que se nos hace difícil imaginar. Además, el Espíritu gime por nosotros: él traduce nuestros sufrimientos y angustias de una manera que sólo Dios puede entender. ¡Aleluya! ¡Con el Señor tenemos la seguridad que nuestras oraciones serán comprendidas! Tal vez no entendemos cómo nuestro intérprete celestial opera, pero sabemos y tenemos total convicción de que su servicio es perfecto, eficaz y va más allá de lo que pensamos. Esa misma seguridad, la Fe, es quien nos da esa preciosa paz que viene de lo alto. ¿Y quién no desea paz con un corazón cansado?
Esta es la primera parte del texto. En la segunda veremos cómo podemos actuar (o no) cuando nos faltan las palabras. En definitiva, ¿Dios entiende mis lágrimas? ¿O el silencio? Muchas preguntas, ¿verdad?
Entonces, quédense con Dios, cuídense y hasta la segunda y ultima parte.
Oh Señor Jesús.
¡Ah! una cosa más: cuéntanos tus experiencias, nos gustaría mucho poder leerlas.

Autor: Daniel Quiroga

Traducción del artículo “Senhor, acabaram-se as minhas palavras (1)” (Blog Eu vos Escrevi).

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