Bueno, este texto va a ser una especie de compartir sobre una experiencia vivida, mezclada con una experiencia de la Biblia sobre personas comunes, pero con un deseo de cambiar al mundo. En mi caso, sólo quise cambiar mi país, pero el cambio sólo ocurrió cuando me di cuenta que para cambiar algo, tendría que cambiarme a mí misma primero.

Soy de un país idólatra, que se concentra más en figuras de yeso en vez de Dios mismo. Todos saben de quién es Dios y Su Hijo, Jesucristo, pero el enemigo los cegó tanto al punto de creer más en una estatua que pueden ver y no al Dios invisible. Soy de un país reconocido por el orgullo y la dureza de corazón. Soy de un país que tiene una religión oficial pero que actúa como agnosta la mayoría del tiempo. Aun así, no pierdo las esperanzas de que Dios pueda restaurar a mi pueblo.

Como misionera, viajé por muchos países predicando la Palabra de Dios, pero nunca lo hice en el mío. El estar afuera, misionando, me ayudó a consagrarme más y a acercarme a Dios. Pero vivía una vida liviana, sólo preocupándome por mí misma y por apenas aquellas personas a quienes predicaba. Vivía en una burbuja, para ser más clara; no tenía ni la más mínima idea de lo que sucedía en mi país, no sabía cuánto mi pueblo estaba sufriendo. No lo sabía hasta que volví y vi la realidad. Desperté. Puse los pies sobre la tierra.

Cuando supe la realidad que estaban viviendo, lloré tanto que creo que nunca lo había hecho así por mí misma. Nunca me había importado por mí país; siempre viví pensando en irme ni bien tenga la oportunidad. Pero esta vez vi que eso no estaba bien, vi que las personas necesitan de ayuda, vi que esas personas son mis hermanos, mi familia y que no podía dejarlos. Vi que tenía que hacer algo, y entonces oré. Oré al Señor para que Él pudiese restaurar mi pueblo, para que pudiese levantar a una persona, a alguien quien pueda dirigirlos a Dios.

Eso me hizo recordar la historia del pueblo de Israel en la época de los jueces en la que “cada uno hacía lo que bien le parecía” (21:15). Después de Josué, que sólo se preocupó por su familia, se levantó una generación que no conocía al Señor (Jueces 2: 8-10) y que poco a poco se fue pervirtiendo a tal punto de encender Su ira:

“Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores, a los cuales adoraron; y provocaron a ira a Jehová. Y dejaron a Jehová, y adoraron a Baal y a Astarot. Y se encendió contra Israel el furor de Jehová, el cual los entregó en mano de los robadores que los despojaron, y los vendió en mano de sus enemigos de alrededor; y no pudieron ya hacer frente a sus enemigos. Por dondequiera que salían, la mano de Jehová estaba contra ellos para mal, como Jehová había dicho, y como Jehová había jurado; y tuvieron gran aflicción” (vs. 11-15).

 

¿Pueden imaginarse algo así? ¿Que Dios mismo esté en tu contra? ¿En contra de tu familia y de tu pueblo? La persona quien te creó, quien te amó, quien creó un plan maravilloso para que puedas estar con Él dominando sobre todas las cosas, ahora te entrega en la mano de tus enemigos. ¿Puedes imaginarlo? Pues fue esa la realidad que sentí cuando volví a mi país. Vi a las personas sufriendo por causa de dejar de adorar al Dios altísimo e ir tras sus ídolos de yeso. Ir tras Baal y Astarot… (si quieren tener más conciencia de lo que eso significa, busquen fotos de ellos en internet). Si seguimos leyendo Jueces, vemos altos y bajos en la historia de Israel. Leemos casi en cada capítulo esta frase “Hicieron, pues, los hijos de Israel lo malo ante los ojos de Jehová, y olvidaron a Jehová su Dios y sirvieron a baales y a las imágenes de Asera” (3:7). Las personas tanto en esa época como ahora, no saben el pecado gravísimo que están cometiendo ni tampoco el valor inmensurable que tiene nuestro Dios.

Pero esas aflicciones que Dios mandaba no era sólo para que sufrieran por causa de Su ira, sino era para que también las personas pudiesen volver sus corazones hacia Él:

“… porque Jehová era movido a misericordia por sus gemidos a causa de los que los oprimían y afligían…” (2:18b).

¡Aleluya que tenemos un Dios misericordioso! Él no puede resistirse a un corazón arrepentido y vuelto a Él. ¿¡Qué haríamos sin Su misericordia!? “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lamentaciones 3:22-23). Él siempre está esperando por nosotros, a que regresemos. Él es esse padre amoroso que esperó a su hijo de brazos abiertos cuando éste por fin regresó (Lucas 15:20). Dios nos ama, pero cuando Lo dejamos y vamos por los malos caminos, como padre, también nos castiga, nos reprende. Pero créeme, le duele más a Él que a nosotros.

Continuando con las dos historias, me puse a orar, a clamar por ayuda. Pero sentía que la situación era un gigante. Si bien, estoy más que segura que no era la única orando por mi país, en ese momento me sentí sola. Un grito en medio de millones, clamando por una nación. Aun así, sentí que Dios me estaba escuchando y le dije algo más o menos así:

“Señor, yo sé que no soy el mejor ejemplo de consagración, que soy inconstante en tu presencia y que ni siquiera sé orar como conviene, pero en este momento no mires mis pecado ni defectos. Sólo te pido que oigas mi oración y que tengas misericordia de mi pueblo. Señor, sé que no soy Ana, y no sé orar, no sé como pedirte. Pero si ella tuvo fe en que le darías un hijo, que te lo entregaría a Ti, y que ese hijo sería un sacerdote que guiaría al pueblo de Israel de regreso a Ti… entonces, yo también lo creo. Te pido un “Samuel”, un hombre de Dios que nos ayude…” 

Estando en la época de los Jueces, en 1 Samuel, capítulo 1, cuenta la historia de una mujer estéril con un corazón aflicto. Ella se sentía inútil al no poder darle un hijo a su marido. Ella había perdido el apetito y hasta el interés en las cosas. Ese dolor la consumía, pero ella no se quedó en la depresión de sus sentimientos. Ella tuvo una actitud y fue al templo. La Biblia dice, en el versículo 10, que “con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente”. Ella oró sin restricciones, sin formalismo, sin religiosidad. Ella fue hasta Dios de la forma en que ella se encontraba y no se reservó nada para sí, ella expuso todo lo que estaba dentro suyo.

“E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza” (1 Sm 1:11).

Con eso vemos que su oración no fue la gran cosa, no fue elaborada con grandes palabras. Era como si ella le dijese a Jehová “si me das un hijo, yo te lo doy para que te sirva… pero dame un hijo”. Ella tenía un deseo en su corazón, al cual lo sumó a la necesidad de su pueblo y fue por eso que Dios atendió su oración.

En cuanto ella oraba, el sacerdote Elí la observaba de lejos y pensó que estaba ebria (vs. 13). Pero Ana le respondió con respeto: “No señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva por mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora” (vs. 15-16).

Esa actitud de Ana hizo que el sacerdote Elí la bendijese en el nombre del Dios de Israel para que Él le concediese su petición. Ella creyó en esa bendición y según la Biblia, dice que ella comió y que no estuvo más triste (vs. 18). Siguiendo los versículos, vemos que Jehová cumplió su promesa y que ella se quedó embarazada de Samuel. Cuando el niño pudo ser desmamado, Ana también cumplió su promesa y se lo llevó al sacerdote Elí para que lo criara.

Al comienzo del capítulo 3, vemos que “el joven Samuel ministraba a Jehová en presencia de Elí; y la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia” (vs. 1). En otras versiones de la Biblia, la palabra “ministraba” es reemplazada por “servía”, la cual creo que queda mejor en este caso. En esa época los que deberían ser la expresión de Dios en la tierra eran los sacerdotes, pero viendo el ejemplo de Elí es comprensible por qué la palabra del Señor era escasa. Su vivir no era adecuado y mucho menos el de sus hijos, que profanaban el templo.

Sin embargo, Samuel, aun siendo criado por Elí y teniendo esos terribles ejemplos de cómo servir al Señor, él lo hizo correctamente. Por otra parte, vemos en el versículo 7 que Samuel aún no conocía a Jehová y que Su palabra aún no se le había sido revelada. Con eso, entendemos que es posible servir al Señor sin conocerlo, que de seguro fue eso que le sucedió a Elí y a sus hijos. Pero Samuel era diferente, pues él estaba consagrado al Señor y Le siguió sirviendo hasta que un día Él se le apareció. Fue allí donde todo cambió:

“Y Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová. Y Jehová volvió a aparecer en Silo; porque Jehová se manifestó a Samuel en Silo por la palabra de Jehová” (vs. 19-21).

Aquí vemos un antes y un después en el pueblo de Israel: Antes del llamamiento de Samuel y después de éste. Samuel no sólo atendió al llamado del Señor, sino que actuó. Él realmente trajo la presencia de Jehová a la tierra, él fue el profeta fiel y por medio de él, la palabra del Señor ya no era “escasa”.  Samuel puso el orden en Israel y lo trajo de vuelta a la presencia del Señor.

En mi experiencia, no tuve un hijo, ni oré por tenerlo. Yo oraba por alguien que se haga cargo del pueblo de Dios en mi país y que sea Su expresión en ese lugar. Con el tiempo vi que mis oraciones no eran respondidas y parecía que el país sólo empeoraba. “¿Será que mis pecados eran tan malos que no dejó que mis oraciones llegasen al Señor? ¿Será que mi pueblo no tiene más arreglo?”, esos eran mis pensamientos. El tiempo pasaba y sentía que nada sucedía, hasta que un día el Señor me mostró que no estamos más en la época de los Jueces y que ese “Samuel” jamás llegaría. No había tiempo para que nazca un niño y que sea consagrado a Dios para ser el nuevo líder. ¡Jesús estaba volviendo y tenía que actuar! RECUERDEN ESTO: LA ORACIÓN VA JUNTO A LA ACCIÓN. No había tiempo para esperar a un “súper héroe”, tenía que ser yo misma. Claro, yo oraba por alguien que se haga responsable, pero no me había dado cuenta, hasta entonces, que ese alguien tenía que ser yo

La historia continúa, pero la dejamos por aquí para que tenga más suspenso. En el próximo texto les contaré más sobre mi experiencia y más ejemplos bíblicos para encorajarnos a no desistir. ¡Hasta la próxima!

Texto escrito originalmente en español

Autora: María Paula Ñañez

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