En el post anterior vimos cómo, engañada por mi falta de compromiso, oraba por ese “alguien” que venga a salvarnos de nuestra condición miserable. Por lo menos, oraba ¿no? Eso fue lo que me permitió ver mi error y seguir el direccionamiento del Señor. Él me mostró que no tenía que esperar de brazos cruzados, sino que tenía que actuar. Ese alguien tenía que ser yo. Siguiendo con ambas historias, tanto para Samuel como para mí –y otros personajes bíblicos— nos tomó más que un acto de valentía y obediencia para poder llevar a cabo los planes del Señor.  

Cuando el Señor preguntó a Isaías “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”, él entendió que Dios se estaba refiriendo a él mismo y respondió: “Heme aquí, envíame a mí”. Cuando leo ese pasaje y me coloco en el lugar de Isaías, era como si yo le estuviera respondiendo al Señor así: “Heme aquí, envíale a él…”. Sonó muy cobarde, ¿no? Pues esa era mi actitud en ese tiempo. Oraba para que apareciese alguien sin querer ser yo ese alguien. El Señor estaba necesitando de una persona que quiera luchar por el evangelio, para traer Su reino de vuelta a la tierra y yo quería pasar esa comisión -que Él me la había dado- a alguien más.

Cuando Jehová llamó a Jeremías por primera vez para ser profeta, él, viendo su condición, sintió que no estaba listo aún. “¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy un niño” (Jr. 1:5). La condición de “niño” en la Biblia se refiere a ser un niño en las cosas espirituales; lo cual deja bien en claro al excusarse ante el llamado del Señor. Mi reacción no fue muy distinta a la del profeta: ¡Ahora tenía que hacerme cargo yo misma de mi nación! “Pero, Señor, ¿de la forma que estoy? ¿De la forma que soy?”. La respuesta de Dios, sin embargo, le mostró –y me mostró— que es Él quién elije las personas y el tiempo de usarlas: “No digas: Soy niño; porque a todo lo que te envié irás tú, y dirás todo lo que se te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová” – (1:7-8).

Con respecto a Samuel y su historia, la restauración del pueblo de Dios comenzó por Su casa, por el templo. El Señor comenzó restaurando Su sacerdocio antes de expandirse a todo el pueblo. Con eso entendí que antes de que Dios haga algo con mi país, Él tendría que trabajar en mí primero; en mi carácter, en mi personalidad, en mi humanidad. Una vez que yo esté “restaurada”, Él tendría en mí un canal limpio y dispuesto a ser usado para alcanzar a los que me rodean, primeramente, y luego al resto de las personas. Los cambios son de adentro hacia afuera y hacia el exterior. Como esa rama fructífera –José— “junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro” (Gn. 49:22). Esa fuente representa la vida divina, la cual nos hace crecer y fructificar a tal punto de que esa vida transborda, se extiende sobre el muro.

Como dije, la oración va junto a la acción. Después de recibir esa revelación (que a la verdad me tomó un tiempo entenderla), tuve que actuar, tuve que compartir ese sentimiento con los hermanos, con los jóvenes de mi localidad de decir: “no esperemos a que alguien venga a cuidarnos, seamos nosotros quienes cuidan de nosotros mismos y hasta de las demás personas”.

Al igual que Samuel, atendí al llamado de Dios, quizás no tan efectivamente como él, pero aún estoy en eso. Si bien la Biblia dice que la situación del mundo empeorará cada vez más, aún existen personas como nosotros, que esperan que el Señor vuela. Aún existen personas que ni siquiera saben que Jesús murió por ellas, personas que son esclavas de Satanás, que necesitan ser liberadas… y son aquellas personas que necesitan de nuestra ayuda. Debemos orar para que el Señor coloque esas personas en nuestra frente para poder rescatarlas.

Joven, Dios nos da una incumbencia a cada uno de nosotros y Él quiere que la cumplamos. Fallaremos millones de veces, pero no debemos quedarnos indiferentes a Su voz. No seamos como Jonás que cuando Dios le encomendó una misión, él “se levantó para huir de la presencia de Jehová” (Jon. 1:3a), pues las consecuencias por desobediencia son peores (1:17). ¡Estemos atentos! Si lo hacemos adecuadamente, veremos un antes y un después no solamente en nuestras vidas, sino en la vida de las personas que nos rodean. Por medio de dejar que Dios trabaje en tu corazón, en tu carácter, Él tendrá un medio para expresarse en la tierra. ¡Las personas verán Cristo en ti! Y seguro que querrán sumarse a Su trabajar. Serás como esa luz que brilla en medio de las tinieblas, serás la sal de esta tierra, serás una bendición dondequiera que vayas. Serás la respuesta a las oraciones de muchos.

Serás la respuesta a las oraciones de muchos.

No estás solo en esta batalla ¡estamos a tu lado! y nos gustaría que nos cuentes tu testimonio de cambio, de ser tu propio “Samuel” y de llevar a delante a los hermanos o a los jóvenes de tu iglesia. Todos estamos en la misma carrera y el saber que hay personas pasando por lo mismo nos encoraja para seguir adelante, por eso deja tu comentario contándonos cómo estás siendo tu experiencia en tu ciudad. Y recuerda, el cambio comienza por la casa de Jehová; el cambio comienza por uno mismo.

¡Jesús es el Señor!

Texto escrito originalmente en español

Autora: María Paula Ñañez

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