“He visto que toda perfección tiene sus límites, más tu mandamiento es ilimitado” SL 119:96

La vida es una constante búsqueda por la plenitud, por una condición en la que no falta nada, en la cual no existen errores y todo es bello. Los estudios, el trabajo, los sueños, la práctica de actividades físicas, el cultivo de amistades, la vida familiar, la iglesia; entre otras, son hechas con el mayor empeño a fin de poder obtener mayor satisfacción.

Delante de esta búsqueda exhaustiva, en un determinado momento, todos llegan a la misma condición del salmista: ¡toda perfección tiene su límite! El juguete con el que tú tanto soñaste de niño ya no te es más atractivo. Los desafíos del medio académico muestran que el hecho de ser aprobado en la universidad de tus sueños no te garantiza la plena satisfacción en la carrera profesional. Ganar mucho dinero definitivamente no te trae la felicidad. La relación con la persona que tú crees ser el amor de tu vida tampoco te trae la plena realización.

La perfección en la ley de Dios

Solamente una cosa es perfecta e ilimitada: el mandamiento de Dios. De hecho, todas las veces que volvemos el corazón para la ley del señor, vemos cuán perfecta es.

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos” (SL19:7-8).

En este caso surge una pregunta: si sólo la palabra de Dios es perfecta ¿debemos conformarnos con disfrutar una vida imperfecta? La respuesta es: ¡No! Jesús vino hasta nosotros con la salvación, cumpliendo la ley ilimitada del Padre, con el fin de llevarnos a tener la realidad de una vida perfecta, completa y abundante en todos los aspectos. Esto es lo que la perfección del mandamiento nos dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn 10:10b). Y Dios mismo espera que seamos perfectos. Deuteronomio 18:13 dice: “perfecto serás delante de Jehová tu Dios”. Y el Señor Jesús afirma: “sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt 5:48)

Disfrutar de la perfección no contradice la ley de Dios, sino que es Su deseo para nosotros. Pero si soy imperfecto y estoy rodeado de cosas imperfectas, ¿cómo puedo tener tal realidad? La respuesta para esta pregunta puede ser encontrada en el abordaje de Gestión de Calidad, una herramienta aplicada a procesos productivos y utilizada por las empresas exitosas del mercado.

La imperfección en las empresas de éxito

El planteo de calidad afirma que: “nada es tan bueno que no pueda ser mejorado”. De esta forma, la búsqueda de perfección es sinónimo de búsqueda de calidad total. Ese arduo y constante trabajo de hacer que el proceso adquiera siempre más calidad, garantiza a la empresa retornos atractivos, destaques en el ambiente donde se encuentra y más perfección en su desempeño.

Existen dos formas de adquirir calidad total, la tan soñada perfección: una es el mejoramiento revolucionario, y la otra es el mejoramiento continuo, también conocido como kaizen, en japonés.

Vamos a ver cómo éste planteo puede llevarnos a conquistar la tan soñada vida perfecta. Según especialistas del área, el mejoramiento revolucionario consiste en el cambio grande y dramático en la forma de operación de un trabajo. Es raramente barato, pues demanda altísimas inversiones y, con frecuencia, interrumpe o perturba las actividades del sector. Es una filosofía radical que no acepta muchas limitaciones sobre lo que es o no es posible.

En contrapartida, el mejoramiento continuo ve la calidad como algo adquirido en pasos más pequeños de forma gradual. No importa si las mejoras sucesivas son pequeñas; es importante que, a cada lapso de tiempo, alguna mejora ocurra de hecho. Tal planteo favorece la adaptabilidad, el trabajo en equipo y la atención a detalles. No es radical, sino construido por la experiencia acumulada al ejecutarse algo. Además de eso, hay confianza en las personas que operan el sistema para mejorarlo, para llevarlo a la perfección. En síntesis, es como si el mejoramiento revolucionario fuese una carrera a corta distancia, exigiendo del atleta una performance explosiva impresionante. Ahora, el mejoramiento continuo es como una maratón donde lo importante es permanecer corriendo.

Finalmente, ¿cómo podemos aplicar este tipo de conceptos en busca de una mayor calidad para nuestra vida? Vamos a entenderlo.

La perfección en nuestra vida

Cuando el señor Jesús se encarnó, sometiéndose a un vivir humano limitado, pasando por la muerte humillante de la cruz y resucitando, Él hizo la obra más revolucionaria en nuestra vida. El altísimo precio pagado por el Hijo nos abrió un nuevo y vivo camino (Hb 10:19-20). Si antes estábamos destinados a la perdición eterna, hoy, al aceptar a Jesús como nuestro Salvador, adquirimos la posibilidad de una vida maravillosa, llena de calidad. Después de esa experiencia, podemos sentarnos en los lugares celestiales en Cristo donde nada nos sacude. (Ef 2:6)

Pero no podemos creer que el padre tenga “apenas” esa obra revolucionaria para ofrecernos. Pues en Su misericordia, Él nos quiere conducir a la plena perfección, transformarnos de gloria en gloria en Su propia imagen (2 Co 3:18). Para eso, necesitamos someternos al mejoramiento continuo que ocurre con el desenvolvimiento de la vida espiritual en el vivir colectivo de la iglesia.

Cuando permanecemos junto a los que de corazón puro invocan al Señor (2 Tm 2:22), tenemos la oportunidad de tener un vivir cada vez más perfecto, elevado e ilimitado. Eso ocurre porque la Palabra, que es la única cosa ilimitada, puede operar eficazmente en nosotros y ser expresada en el ambiente imperfecto en el que estamos insertados. Como hijos de Dios, necesitamos experimentar el mejoramiento continuo de la vida de la iglesia, hasta llegar a la plena filiación (Ef 4:13).

Valoriza la obra de Cristo por ti. Además de eso, no pierdas ninguna oportunidad de mejorar que el vivir con Cristo, Su palabra y la iglesia nos pueden ofrecer. Sé proactivo, desenvuelve bien tu función en el cuerpo de Cristo (1 Co 12:27), participa de todos los congresos posibles, aprende a vivir de modo digno de tu vocación, sometiéndote a los tutores y curadores que Dios te dio (Gl 4:1-2), ten compañeros espirituales que te ayuden a llevar tu carga, disfruta de la Biblia y libros espirituales diariamente, y ten un vivir de oración. Como el vivir de iglesia incluye, además de las reuniones y la batalla espiritual, el vivir familiar y social, empéñate a tener un carácter humano adecuado y cultiva relaciones saludables con todos los que están a tu alrededor.

Siguiendo este camino, un día la perfección se concluirá no solamente en ti, más en todos los que la buscaron en la iglesia. Al final, ser perfecto es andar diariamente en la presencia del único verdaderamente perfecto e ilimitado: Dios.

“Yo soy el Dios todopoderoso; Anda delante de mí y se perfecto” (Gn 17:1)

Autor: Thalyta Stampini Augusto

Traducción del texto original en portugués “TODA PERFEIÇÃO TEM SEU LIMITE” del blog Eu Vos Escrevi.

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