Sin rodeos, me gustaba un chico de mi iglesia. ¡Espera! No voy a hablar de relaciones -soy pésima en eso— sin embargo, es un buen comienzo. Resumiendo, comencé a orar y buscar la dirección de Dios pues tenía la fuerte convicción de que no era el momento de pensar en esas cosas, ya que ambos éramos muy jóvenes. Sabía, también, que antes de entrar en una relación con alguien, primeramente debía tener una fuerte relación con Dios. Y así lo hice: participaba en conferencias y misiones, oraba, leía la Palabra y libros espirituales, oía música cristiana, tenía buen comportamiento, etc. Si bien por un lado disfrutaba de hacer todas esas actividades y pasar tiempo con el Señor, por otro lado sentía que si un día dejaba de hacer alguna de esas cosas iba a perder el “derecho” u “oportunidad” de “merecer” el amor de aquella persona por quien estaba orando.

Cierto día, el Señor me dijo que ese chico no era para mí. “¿Cómo así, Dios? ¡Si me porté bien e hice todo aquello que los hermanos siempre dicen que hay que hacer!”. No entendí y me enojé con Dios. Pensaba que eso era una injusticia y no podía creer que Dios estaba siendo así conmigo. ¿Después de todas mis oraciones bonitas en las que lloraba de rodillas y me quedaba allí en el suelo alabándole? ¿Después de haber misionado por años predicando la palabra y ayudando a las personas? ¿Aún no lo merecía? Todos los argumentos posibles se me vinieron a la mente durante una charla bastante seria con Dios. No escondí absolutamente nada y no tuve ningún pelo en la lengua a la hora de hablar. Una vez que lo había “vomitado” todo, me postré a los pies del Señor pidiendo consuelo, pues no tenía a nadie más en aquel momento. Fue una escena bastante emotiva y quizás confusa… o graciosa. No lo sé.

En ese momento de silencio mental y sollozos profundos a los pies de mi Padre, me di cuenta lo necia e ilusa que fui. Me di cuenta que la razón por la cual buscaba a Dios no era esencialmente para ganar más de Cristo ni conocer Su voluntad. Tenía otras intenciones por detrás de aquello. No estaba siendo verdadera con Dios. Cada oración, cada servicio no era más que “puntos” que sumarían a mi favor para ganar “el gran premio”. Siendo así, no estaba amando a Dios verdaderamente, solo lo buscaba por interés.

Recuerdo que oraba para que Dios “haga Su voluntad en mi vida”, pero al haber reaccionado de esa manera era como si hubiera orado “Señor, haz tu voluntad siempre y cuando sea según la mía”. No estaba apreciando la voluntad de Dios en mi vida. Más que no apreciarla, no la estaba aceptando.

¿Ya has pasado por algo así? ¿Has parado para pensar si la voluntad de Dios, en tu vida, es una orden o una sugerencia?

Cuando tomamos la voluntad de Dios como sugerencia, la sometemos a nuestro análisis y cuestionamiento cada vez que Él hace algo opuesto o diferente a lo que esperábamos. Para mí, en ese momento, fue una sugerencia. La voluntad de Dios no es para satisfacer nuestra curiosidad o para tenerla como opción, por el contrario, para ser amada y practicada. Podemos buscarla o pedirla, sin embargo, si no tenemos un corazón adecuado, Dios no revelará Su voluntad. Dios sólo Se revelará cuando tengamos un corazón convertido a Él y cuando Lo busquemos con todo nuestro corazón. Cuando Dios ve en nosotros esta actitud, nos concede todo. Todo los que Lo buscan de manera desesperada y verdadera Lo encontrarán.

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mateo 7:7-8).

Este es el registro de una promesa de Dios y es por eso que debes estar seguro de que Él la cumplirá. Aquí nos habla que tenemos que buscar aquello que queremos. Sin embargo, no se trata de cualquier tipo de búsqueda, sino de una búsqueda con desespero; de todo nuestro corazón.

“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.  Y seré hallado por vosotros” (Jeremías 29:11-14a)

¡Ésta es la manera de buscar la voluntad de Dios! Él está deseoso de revelarse a nosotros y hacer aún más –infinitamente, para ser exacta— de lo que pedimos o pensamos (Ef 3:20). No obstante, todo depende de nuestra búsqueda.

Otro aspecto en el cual fallé al buscar la voluntad de Dios, fue mi motivación al hacerlo. “Velad y orad” dice el Señor en Mateo 26:41a. Si bien había comenzado a buscar más del Señor con buenas intenciones, por causa de no velar, de no vigilar mis sentimientos, terminé desagradando al Padre con esa actitud. Había perdido mi foco; mi motivación había cambiado. Es por eso que debemos reflexionar constantemente sobre nuestra motivación a la hora de buscar al Señor, de ir a las reuniones, de servir, etc. No podemos contentarnos con tener una vida cristiana hipócrita y mediocre. Una vida de orar versos prefabricados, de leer la Biblia como si fuese parte de costumbres religiosas y de ir a las reuniones de la iglesia como si estuviésemos cumpliendo con un mero compromiso social. No nos debemos conformar con la situación en la que estamos. ¿¡Cómo crees que el Señor Se revelará a una persona con una vida espiritual como esa!?

“Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col 1:10).

¡Crecer en el pleno conocimiento de Dios es el resultado de una búsqueda desesperada y de todo corazón! ¿Y ahora? ¿¡Cómo continuar de la misma manera!? Debemos cambiar nuestra manera de acercarnos al Señor. Pero… ¿cómo?

“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Ef 3:10).

Dios tiene el poder de hacer infinitamente más según el poder que actúa ¡en nosotros! Debemos permitir que este poder opere en nosotros. ¡Dios nos preparó para mucho más! ¡Infinitamente más! Pero –y siempre existe un pero— todo depende de qué tipo de búsqueda tendremos con el Señor a partir de ahora. Si lo buscamos de todo nuestro corazón, dando lugar a que Su voluntad sea hecha en nuestra vida, manteniendo este tipo de comunión ¡algo muy grande sucederá! Aprovecha este momento y acércate confiadamente al trono de la gracia (Hb 4:16) y reflexiona sobre tu motivación al buscar a Dios y Su voluntad.

“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre. Venga Tu reino.

Hágase Tu voluntad” (Lucas 11:2).

Texto basado en el libro “El vivir cristiano en los tiempos del fin” (Editora Árvore da Vida).

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