En el texto anterior vimos que Dios desea conceder a sus hijos una vida capaz de vencer cualquier tipo de pecado. Vimos algunas características de esta vida y también que, antes de todo, necesitamos tratar nuestros pecados delante de Él. En este texto, continuaremos viendo los pasos para obtener esta vida que vence.

“Se terminó, perdimos”

El juego termina. El drama se apodera de los hinchas y de todo el equipo. No es posible permanecer con la cabeza en alto. El escenario es frustrante. Hicimos todo lo que pudimos e incluso más, pero no pudimos evitar una humillante derrota. El campeonato llegó al final. Se terminó, perdimos.

Todo cristiano pasa por la experiencia de derrota. Pablo describe la lucha entre la carne y el Espíritu, nuestra voluntad y la voluntad de Dios, y su experiencia de derrota. Él dice:

Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” Rm. 7:18,19

De la misma forma, ¿cuántas veces prometimos al Señor que mejoraríamos, que haríamos todo lo que Él nos dijera? Pero ¿cuántas de esas promesas realmente hemos cumplido?

Descubrimos la ineficacia de nuestro esfuerzo cuando intentamos luchar contra el pecado y somos derrotados. La historia del pueblo de Israel nos muestra la incapacidad del hombre de vivir según la voluntad de Dios, ellos fallaron al intentar cumplir la Ley de Moisés y, a través de los siglos, percibieron su fracaso y descubrieron la necesidad de ser salvos de la condenación y del poder de la muerte. El propósito de la Ley era exactamente ese: “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” Rm. 5:20

El pueblo solamente aceptaría la autoridad de Dios cuando este cayera delante de sus propios ojos y, al aceptar tal veredicto, vería la necesidad de un Salvador. Estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada, de manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe (Gl. 3:23,24). Era necesario que el equipo sufriera grandes derrotas para darse cuenta de sus fallas y no caer en la ilusión de que estaba jugando bien.

La evaluación de Dios

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” Rm 6:6

Necesitamos estar conscientes de que la percepción de nuestra incapacidad, por intermedio de nuestras experiencias, comprueba el veredicto que Dios hace sobre nosotros. Él dijo que merecemos la cruz (Rm. 6:6), nuestro viejo hombre, por sí mismo, no puede salvarse. Esta es la evaluación que Dios hace de nosotros (Rm. 3:9-12). La carne es corrupta y el único camino para obtener la salvación es morir y nacer de nuevo (Jn. 3:3). Al nacer de nuevo, recibimos una vida nueva, diferente de la anterior (Jn. 1:12, 13). Reconocemos y testificamos esto al ser bautizados (Rm. 6:4) y, para proseguir nuestra jornada con Cristo, necesitamos mortificar la carne y considerarnos muertos para el pecado y vivos para Cristo (Rm. 6:11; 8:13). Esta vida en Cristo, es la vida victoriosa. Podemos alabar a Dios aliviados, porque nosotros mismos no somos capaces, pero Él lo es. No podemos vencer al pecado, pero: ¡Cristo puede! 

“Romanos 6 muestra el veredicto de Dios, Pablo era inútil. Romanos 7 muestra a Pablo admitiendo esto. Si reconoces que tú eres inútil, rápidamente serás libre. ‘Yo era inútil ayer, soy inútil hoy y seré inútil mañana’ […]. Para que una persona sea salva, necesita reconocer y confesar que es incapaz de salvarse a sí misma”.

¡Para de intentar!

Para obtener la experiencia de victoria no basta simplemente conocer las escrituras. Podemos leer los versículos, saber el resultado del juego, pero aceptar lo que dice la biblia y asumir la derrota dejando de intentar, es totalmente diferente. 

Ya perdimos, pero es posible que aún no nos hayamos rendido. Puede que digamos: “Estoy crucificado con Cristo” (Gl. 2:19b-20) pero, al mismo tiempo, continuamos esperanzados en lo que sabemos hacer. Decimos “yo no puedo”, sin embargo interiormente continuamos intentando ser capaces. Es necesario que reflexionemos si estamos tomando la actitud correcta. 

Por ejemplo, podemos observar a una persona que tiene la dificultad de controlar su ira intentando no airarse, y reconociendo que es incapaz de cambiar esto. Sin embargo, aun así continúa intentando, respira hondo en las situaciones difíciles, piensa antes de hablar, evita “personas complicadas” e incluso ora más, pero al hacer esto simplemente omite su ira, y no hay un cambio real.

De esta forma, muchas personas intentan desistir, se esfuerzan para dejar de esforzarse, lo que es contradictorio, porque, para desistir no es necesario esforzarse más, sino cesar el esfuerzo:

“No intentes rendirte, porque rendirse es dejar de intentar. Simplemente entrégate en las manos de Dios. La vida vencedora requiere que tomemos una posición firme y declaremos: ‘Yo no puedo y no continuaré intentando. Señor, haz tu por mí”.

El juego terminó. Los jugadores no tienen porque seguir corriendo. No hay necesidad de lamentarse pensando “¿y si hubiese sucedido de otra forma?”. Es inútil, solo debes reconocer que no eres capaz por tu propia fuerza. Y aún más, debes alegrarte con esto. Esta es la bendita experiencia de gloriarse en las debilidades, para que el poder de Dios sea manifestado. Podemos agradecer a Dios porque, por medio de ellas, Dios manifiesta su fuerza (2 Co. 12:9).

Pare de lamentarse y de pensar en las hipótesis. Es hora de entrar al campo para el próximo campeonato, pero con un equipo totalmente nuevo. Nada de lo viejo puede quedar. Un nuevo equipo jugará. Muchas veces queremos que las cosas sean de forma gradual, buscamos retener algo hasta que otra cosa lo sustituya de a poco. Cristo no es así. Necesitamos quitar al equipo del campo de juego, y solo así Él comenzará a actuar. Mientras se cumpla “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”, obtendremos victoria. Al rendirnos a Él, salimos de escena, y al creer, Él nos da la victoria.

De esta segunda parte hablaremos en el próximo post de la serie. Te invitamos a que lo leas. ¡Que el Señor nos bendiga!

“Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” Gl. 2:20

Texto basado en los capítulos 4 y 5 del libro La Vida que Vence, de Watchman Nee. Citas del mismo libro.

Autor: Gustavo Corrêa

Traducción del texto original en portugués RENDER-SE | SÉRIE A VIDA QUE VENCE (2) del blog Eu Vos Escrevi.

 

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